Una mañana de 1998, Matías tomó una ducha, muda limpia, una chaqueta, su favorita, se acercó a la cama de Claudia, dormía plácidamente, lloró, lloró tanto diciendo su nombre, Claudia, Claudia…Le besó la frente y le susurró: “tendrás el sabor de todos los océanos en tus labios”. Cerró la puerta, con apenas un susurro y nueve años después, llegaron unos misteriosos paquetes llenos de conchas punteadas, rayadas, pulidas, marrones, negras y nada más abrirlos, se mareó, la casa iba de un lado a otro, como un barco a la deriva o justo antes de que el vigía señalara a tierra.
Cáncer, cáncer, craenc, acencr, no tiene sentido. Toda la vida trastocando las letras, dándoles la vuelta para comprobar si de verdad tenían algo bajo el vestido. Nada, no funciona. Esta vez no sirve para nada. El diagnóstico no puede ser más claro. No hay nadie en la consulta, es el momento. Bah, piensa, tengo una camisa limpia, muda, los zapatos que mejor me sientan y los más cómodos, una cuenta en La Caixa, es lunes, apenas las 11h 17, lo que no sabía es que cinco años más tarde regresaría con la misma ropa, limpia y con algo más, lo más parecido a una bomba de relojería, a un arcoiris atómico.
Cáncer, cáncer, craenc, acencr, no tiene sentido. Toda la vida trastocando las letras, dándoles la vuelta para comprobar si de verdad tenían algo bajo el vestido. Nada, no funciona. Esta vez no sirve para nada. El diagnóstico no puede ser más claro. No hay nadie en la consulta, es el momento. Bah, piensa, tengo una camisa limpia, muda, los zapatos que mejor me sientan y los más cómodos, una cuenta en La Caixa, es lunes, apenas las 11h 17, lo que no sabía es que cinco años más tarde regresaría con la misma ropa, limpia y con algo más, lo más parecido a una bomba de relojería, a un arcoiris atómico.
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