2008. Este fue mi año. Me ascendieron en Sogeti Investisement, 2300 euros al mes, mi propio apartamento-estudio, 730 euros al mes, para mí sola, por primera vez. Matías se cruzó conmigo en el único lugar posible: el mercado de San Miguel. Sabía que me encontraría allí y así estuvo calculando cuándo podría ser y todas las tardes que pudo y retuvo se las pasó allí. Yo era su paso necesario para volver a ver a Claudia, pero necesitaba mi fuerza o, para así decirlo, mis ojos, ver a través de mi emoción cada una de las cosas que habían pasado en su ausencia. Apenas hablamos y solo me mencionaba colores y nombres de frutas como “mango”, “papaya”, “naranjas” y solo con escucharle, me llenaba de mares del sur e historias que solo podía imaginarme escritas. Sus manos olían misteriosamente a pescado, a profundidades celestes, olas, arena incrustada en sus líneas de vida, era el momento, porque yo me asfixié, me falta el aire como aquellos veranos en los que me enseñaba a bucear, a permanecer en apnea varios minutos, porque, alguna vez, lo necesitarás, hija. Y me tuvo que sostener un señor porque me caía de bruces. Después, un tiempo después, el bosque.
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