7_Gabriel



Guapa, tienes cuerpo de pecado / si no andas con cuidado/ te como a lentos bocados. No era su mejor poesía, pero ya llevaba años escribiéndolas y el guarda se reía con él porque las que más éxito tenían eran las más cursis. Gabriel Leceta, vasco, madrileño de adopción, se largó del País Vasco sencillamente persiguiendo a una mujer. Vivió con ella 15 años, los más felices. Murió una nochebuena al declararse un incendio por un cortocircuito, ella dormía y él había ido a casa de sus padres para celebrar las navidades. Mala suerte. Una vez que el mal está hecho, hay que sacar las castañas del fuego y comérselas, quemándose el paladar, perdiendo el gusto. Lógicamente, lo pasó bastante mal, hasta que decidió recomponerse una mañana mientras se refrescaba la cara. Tuvo la suficiente fuerza de voluntad como para saber que aquello no podía durar más de lo que estaba durando y al día siguiente, se metió en un bar de alterne y se dejó 300 euros, una detrás de otra. Después de eso, no volvió a comprometerse y eso que pretendientes no le faltaban. Quiso terminar con esa rabia contenida, ese dolor que necesitaba exteriorizar. Ni recuerda el nombre. Días después entró en el Banco Santander, envió varias cartas a amigos y se largó a La Habana. Un clásico. Pasó un par de años hasta que se cansó de vivir de la nada, de algunas noches al raso y pensó que ya era hora de tener un cuarto limpio. Volvió a Madrid y ésta lo recibió con un mazazo en el estómago y empezó a odiar esta ciudad sin rumbo donde todos caminan y esnifan sus defensas en las esquinas ya sean best sellers, Ipods, o galvanizantes varios. Se quedan ahí, indefensos conejos que no saben por qué están allí, cómo llegaron pero ahí están sin poder atravesar la verja invisible que, sin embargo, los retiene. Trabajó de comercial en algunas empresas del sector de los idiomas y del arte hasta que le resultó tan pesado y lacerante que se dio a perder gastando lo poco que tenía en su ilusión: la escritura. Produjo sesiones audiovisuales, promovió talleres literarios interactivos y su pesadilla más recurrente era un ejecutivo que tenía la cara de su padre riéndose de él y diciéndole “no sirves para nada”. Lo que más le dolía de este asunto es que su padre jamás le diría eso porque le quería, a su manera, pero le quería mucho. Se despertaba siempre sudado, empapadas las sábanas y siempre solo y eso le derrumbaba y sentía que moría de amor. Fue entonces cuando decidió dejarse morir un poco escribiendo y como el asunto de la publicación de libros no le interesaba y ese tratamiento era recíproco, en las dos direcciones, se puso en la calle. Una poesía por la voluntad. Sabía que la “técnica invasiva” era lo que funcionaba en esta sociedad, poner delante de los ojos , una y otra vez, lo que quieres mostrar y lo que quieres que se sepa. La memoria es dinámica y reconstruye lo que necesita (eso lo vi en una película israelí hace poco). Para no colapsarse, para seguir amando a la ausente, lanzaba piropos a diestro y siniestro a modo de poemas sin destinatario, a chicas feas y guapas, bajas y altas, creídas y hermosas sencillamente, imbéciles con imbéciles, al fina todas caían. Algún novio se enfadaba un poco pero a él le daba igual. Él sabía perfectamente lo que era amor, lo que era pasar mañanas enteras en la playa leyéndose textos o noticias, bañándose y hacer del hecho de estar, una victoria. Un día, era noviembre, se cansó de escribir, de soñar con que todo fuera como antes, de regresar a casa y encontrar el olor de ella, ahora que vivía en un cuarto con mesilla y una nevera destrozada, que no soportaba y que le daban ganas de llorar cada vez que entraba por esa puerta. Un día, a media mañana, hola, buenos días, una fresca fragancia a jacintos mueve tus pasos. Le gustaba usar “jacintos” nunca supo el porqué. Desaliñada, una señora, más o menos de su edad se dio la vuelta y le sonrió como hacía tiempo no lo hacían, justo ahí notó que todas las palabras que había ofrecido a cambio de la voluntad, un euro como mucho 2 y un bocadillo, crecían como una enredadera, echaban raíces y la savia discurría lenta por un tronco recién nacido. Y se hizo ella, y todas las letras del mundo giraban alrededor de ella, casi le dio un mareo y ella se acercó y le dijo, te sientes bien? Nada de usted ni esas historias, tú, directamente. Sí, sí...se me fue un poco la cabeza, el sol, la gente...no sé...Cómo podía decirle que era ella...Espera que te traigo una botella de agua de los chinos de esta calle. Y se fue antes de entrar en la librería. Y volvió cinco minutos después con el agua y unos hojaldres rellenos de crema. Te dejo, que tengo prisa,debo comprar algún libro para el cumpleaños de mi sobrino y no entiendo mucho,alguno con dibujos aunque ya tiene 15 años, cómic o no sé algo con mucha acción o alguno de esos que anuncian en las marquesinas que lee todo el mundo...Hablaba muy deprisa, de repente, como si hubiera reconocido a alguien en el rostro de Gabriel, yo vi la escena y me encantó ese encuentro, estaba tan cerca esperando a Violeta, y sonriendo. Yo sabía quién era ella y quién era él. Y en ese preciso momento alguien gritó: Eh, Josu, espera. Ah, hola, Maider y se perdieron en la librería. Sé que se fijaron en la escena, y fue compartir ese momento como espectadores, algo en común ya me enlazaba con esa otra pareja que se encontró en la puerta. Jacinta volvió a salir con una bolsa y un libro, cuál elegiste?ah, uno de manga...le gustará. Te debo una poesía...sí, sí, no es ninguna molestia. Es un trueque. No, no, es por el agua...simplemente tú regresas, te doy la poesía y tú simplemente...no, no tienes que darme nada a cambio...sonríe...me has hecho feliz un instante..ese es mi regalo, las palabras. Se fue y confieso que podía haberle escrito inmediatamente una poesía porque yo le he visto. Será que le gustaba. Era la primera vez que hacía eso.

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