Primavera en Vancouver

Las cortinas rojas mecidas por el viento. Sultans of swing a punto de salir volando a la otra punta de Madrid. La libreta Tauroextra con papeles entre las hojas (1,20 con BIC incluido). Andrés Neuman, granadino, llena una taza china con té Sueños de los mares del sur y piensa que algún día de primavera ganará el Alfaguara. Sueños. Y sigue escribiendo con aliento de Frankestein y la cama deshecha. Menos mal que a John Graham lo extraditarán el 18 de abril a Estados Unidos y no pasa por una buena racha. Mala suerte. Ayer le estalló la bombilla del flexo tendré que ir a comprarla a la ferretería de Embajadores. Anda ya por la página 53 mezclado en viajes, con un olor a óxido o grasa de motor que tumba a un muerto. En la semioscuridad de su cuarto a las siete de la tarde le viene a la cabeza aquella carta desde el Queen Elizabeth Park donde le pedían la mano con descaro. Sin embargo, le llega desde el más absoluto olvido de la memoria a pesar de la sal y los 20.000 kilómetros recorridos en 1995 (jeans, chamarras, lentes y paraguas y una larga de estrecheces y sábanas rasgadas y sofás cama). El viento cesa, el té apurado y la página 53 detenida, el cursor insistente, el flexo que no es un flexo porque está roto, como apuntaría Peter Stillman. Andrés mira el reloj hay tiempo. El Alfaguara no se falla hasta marzo y para entonces ya será primavera en Vancouver. Suspira y ata sus zapatillas.



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