Una noche de invierno, Rubén de 34 años murió de una pulmonía. Pudo haber muerto de un accidente de tráfico o tuberculoso en Tailandia. Murió en La Paz, silenciosamente, tosiendo una noche de luna llena. O nublada. O a punto de llover. La enfermera se lo notificó al médico de guardia. Se decidió enterrarlo en La Almudena. Nada de incinerarlo. Su madre indicó el lugar del panteón familiar a ciegas, de memoria. Dijo, así lo recordaremos, con lirios frescos cada semana. Cada domingo sentirá nuestra presencia. Nadie dijo ni mú. María, Fran, Noelia y Rober no asitieron a ese acto. Ese ruido seco, el silencio, el angustiante calor y el sol entra por las arterias, las consume, resta tiempo de vida. Y tampoco se trata de rescatar a todas las vírgenes y vírgenes de la comitiva como desearía un poeta chileno que conozco. Ellos creyeron que mejor que recordarlo en un nicho angosto, chocando sus rodillas contra el mármol, sería coger un objeto de Rubén, y enterrarlo en aquellos lugares en los que se emborracharon juntos, o en aquel campo donde metió cinco goles al Vallecano infantil, o en aquella ladera donde conoció por primera vez qué es eso de hacer el amor, brusco, salvaje, vivo. O en aquellos matorrales donde jugaba con Noelia a las prendas y olvidaban luego las linternas y las lágrimas. Cada uno por su cuenta cogieron un tirachinas, una baraja de cartas trucada, unas gafas con nariz de payaso, tres cuerdas de una Fender Stratocaster y un bote de cola cao con sus calzoncillos de la suerte. Otra noche de luna llena Rubén más que resucitar juega a las cartas, se pinta las cejas, se da la vuelta y descubre unas gafas con nariz de payaso. Otras veces, Fran pide música y Rubén saca del bolsillo unas cuerdas y logra un coro de voces vodka con naranja. Nadie supo por qué en su casa tenía un bote de cola cao con unos calzoncillos. Respondía siempre a esa pregunta : «Otros tienen iguanas o periquitos ».
La Almudena
Una noche de invierno, Rubén de 34 años murió de una pulmonía. Pudo haber muerto de un accidente de tráfico o tuberculoso en Tailandia. Murió en La Paz, silenciosamente, tosiendo una noche de luna llena. O nublada. O a punto de llover. La enfermera se lo notificó al médico de guardia. Se decidió enterrarlo en La Almudena. Nada de incinerarlo. Su madre indicó el lugar del panteón familiar a ciegas, de memoria. Dijo, así lo recordaremos, con lirios frescos cada semana. Cada domingo sentirá nuestra presencia. Nadie dijo ni mú. María, Fran, Noelia y Rober no asitieron a ese acto. Ese ruido seco, el silencio, el angustiante calor y el sol entra por las arterias, las consume, resta tiempo de vida. Y tampoco se trata de rescatar a todas las vírgenes y vírgenes de la comitiva como desearía un poeta chileno que conozco. Ellos creyeron que mejor que recordarlo en un nicho angosto, chocando sus rodillas contra el mármol, sería coger un objeto de Rubén, y enterrarlo en aquellos lugares en los que se emborracharon juntos, o en aquel campo donde metió cinco goles al Vallecano infantil, o en aquella ladera donde conoció por primera vez qué es eso de hacer el amor, brusco, salvaje, vivo. O en aquellos matorrales donde jugaba con Noelia a las prendas y olvidaban luego las linternas y las lágrimas. Cada uno por su cuenta cogieron un tirachinas, una baraja de cartas trucada, unas gafas con nariz de payaso, tres cuerdas de una Fender Stratocaster y un bote de cola cao con sus calzoncillos de la suerte. Otra noche de luna llena Rubén más que resucitar juega a las cartas, se pinta las cejas, se da la vuelta y descubre unas gafas con nariz de payaso. Otras veces, Fran pide música y Rubén saca del bolsillo unas cuerdas y logra un coro de voces vodka con naranja. Nadie supo por qué en su casa tenía un bote de cola cao con unos calzoncillos. Respondía siempre a esa pregunta : «Otros tienen iguanas o periquitos ».
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