Espejismos y el sol ausentándose...


Fue el único que no cruzó el paso de cebra. El semáforo abrió su gran ojo verde y ni se inmutó. Todos salían de sus pensamientos, de ese hablar para sí que nos recorre cuando caminamos solos. Incluso los niños se soltaban de sus madres y lo palpaban. La intensidad del tráfico se incrementó a medida que pasaban las horas. No le importunó lo más mínimo. Los chinos acarreaban los bultos de ropa para sus tiendas y hablaban entre sí señalando a ese sujeto pasivo de mirada oceánica y si hubiera tenido nombre de mujer le hubieran susurrado al oído "abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar". Desgraciadamente Pepe Hierro andaba comiendo lacón en su bar preferido. A la semana siguiente, tras intensos días de sol en febrero, empezó a caer una suave lluvia, un lunes cualquiera. Justo en ese momento, metió las manos en los bolsillos, descubrió un papel, algo de dinero suelto, un lápiz y corrió a recoger todas y cada una de las sonrisas, de las gotas de lluvia que caerían cristal abajo por todas las oficinas del mundo.

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