
De pequeño, me gustaba ir con mi pandilla del barrio a quitar los imanes de los televisores estropeados. Era el corazón, nuestro trofeo sanguinario algo parecido a lo que leíamos sobre los indios en América y que tanto nos fascinaba. A medida que los pantalones se me hacían más estrechos y encogían y mis deportivas se ensuciaban, ajaban, descosían, se despegaban, me di cuenta de que ya era un adulto con la cara llena de acné y barba incipiente. En la Unión Relojera Suiza, esquina calle de la Salud se detuvo el reloj. Todo pasó muy deprisa o ralentizado, daba igual porque, al romperse la causa efecto, el paso a paso siguiente, mirar al frente o a los lados, se colgaron todos los abrigos en el perchero y cerrando con llave la casa a oscuras, se enquistó el silencio.
-Hija, está bien. No pasó nada. Solo se estropeó el motor o se pinchó la rueda. Sale humo…Acaba de llegar la policía…¿los gritos?...Son las siete, hija, ¿qué quieres por Gran Vía?. ¿Cómo que asustada? No, no…impresionada…Frenó y parecía un disparo…
A partir de ese momento, la sangre perdió las apuestas y se hizo tan transparente que por el suelo se podían encontrar miles de cristalitos crujientes. Mi padre: “¿el futuro, Josu? Trabaja, ten tus inquietudes en la última mano del póker”. Omitió un detalle: no volvería a sacarle el corazón a sus ilusiones.
-Hija, está bien. No pasó nada. Solo se estropeó el motor o se pinchó la rueda. Sale humo…Acaba de llegar la policía…¿los gritos?...Son las siete, hija, ¿qué quieres por Gran Vía?. ¿Cómo que asustada? No, no…impresionada…Frenó y parecía un disparo…
A partir de ese momento, la sangre perdió las apuestas y se hizo tan transparente que por el suelo se podían encontrar miles de cristalitos crujientes. Mi padre: “¿el futuro, Josu? Trabaja, ten tus inquietudes en la última mano del póker”. Omitió un detalle: no volvería a sacarle el corazón a sus ilusiones.
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