Palabras en futuro perfecto en C/ de la Madera

Nunca mires hacia atrás, le decía el abuelo Miguel. Después de muchos años, María conocía al dedillo sus estupideces, sus pasos en falso porque no entendía esa frase. Ella siempre pensó que las palabras, los gestos hay que pisarlos fuerte con las huellas y no hacer volar pájaros de papel, aún con un posible embarazo, aún con la motosierra que cortará ese árbol sin funcionar. Un día, serían las 5 de la tarde, primavera, entró en esa calle y sabía que algo ocurriría, algo mínimo que movería su estómago y sus ganas de saltar hasta el otro hemisferio. Nunca mires hacia atrás. Se negaba, a veces, porque eso la convertía en ojos más abiertos, más verdes, más inquieta y más segura. Cuando ya lo daba todo por terminado y cambiaba de acera para no cruzarse con nadie, llegó al número 16 de la calle de la Madera. Un cajetín negro, sucio. Le recordó a palabras escritas en postales, a ropa desordenada, a hoteles de una noche, a viajes hacia los 2000 kilómetros de aquí y, sin pensar demasiado en las consecuencias, lo abrió. Más que desilusión, comprendió esa frase de su abuelo. Al instante, una Olivetti, reluciente, trabada su voz con unas teclas que no llegaban al carrete. Pesaba demasiado. Imaginó que en cada una de esas máquinas deliciosas estaban contenidas todas las palabras del mundo, en todos los idiomas compatibles. Imaginó que este pequeño incidente le daba el oxígeno necesario para seguir siendo como era, sin deslizarse hacia fronteras que no le pertenecían, que le asfixiaban. Cogió el teléfono y con algunas de las letras de esa máquina prodigiosa, tejió un sueño: Te asusté con lo que dije antes. Perdona. Inmediatamente, un olor a lluvia recién caída corrió desde sus pies hasta su cabeza, por dentro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario