La fiesta fue histórica. Terminamos, a pesar de Enrique que no paraba de gritar “Vamos al Otto, que aún estará abierto”, tirados en el sofá de mi casa. Allí mismo, el contestador del teléfono indicaba que alguien llamó a las 22h32 y que dejó dos mensajes. Es la voz de mi padre. A la seis habíamos quedado enfrente del Hilton para tomar algunas Guiness en el otro extremo de Sofia. La línea 3 era la más peligrosa para viajar sin ticket y no nos importaba porque ya cumplimos los siete años cuatro veces y no había nadie que pudiera castigarnos por irresponsables. Mi padre generalmente no me llama. Las paredes está salpicadas de Say no more que Matías pintó un lunes que no había nadie en casa. Ana duerme con su minifalda subida, Lucas observa su capitalismo y Edurne le recrimina las mil y una veces que ella se desnudó ante él y que no quiso saber nada. Pido calma. Dos mensajes, mi padre en los dos. Mi nombre en los dos mensajes, con voz quebrada: Daniel, soy yo. Coge el teléfono. Dos días más tarde, me planto en el Sofia Aeroport, con un estuche en forma de violín, una mochila del servicio militar, una maleta enorme y un billete de avión de Bulgarian Air con destino a Madrid, vuelo directo con llegada a las 17h56, terminal 1. Lucas me comentó que Zladko vio a mis abuelos con el coche hasta los topes y antes de despedirse le dieron una tarjeta donde se leía, con una caligrafía temblorosa: Madrid, Madrid. Y como no tenía nada mejor que hacer…Please, boarding gate 35.
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